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El monumental pesebre familiar que enamora a miles en la Ciudad de México

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Vista general de un nacimiento monumental de más de 1,400 figuras, el pasado 27 de diciembre de 2018, en Ciudad de México (México). EFE

Vista general de un nacimiento monumental de más de 1,400 figuras, el pasado 27 de diciembre de 2018, en Ciudad de México (México). EFE

  México,  (EFE).- Construida con paciencia y amor desde hace décadas, la monumental representación del nacimiento de Jesús perteneciente a la familia Ontiveros enamora a miles de personas cada Navidad en Ciudad de México, donde se ha convertido en una verdadera atracción turística.

     “Es una tradición familiar. Es unión. Nos reunimos toda la familia y tardamos 25 días en armar (montar) todo”, dice hoy a Efe Miguel Ontiveros, uno de los fundadores de esta costumbre familiar con 54 años de vida.

     En el patio de esta vivienda de la popular colonia (barrio) Militar Marte, en el sureste de la capital, se colocan en estas fechas más de 1.400 figuras.

     El cuidado y el esmero es indudable. En el suelo de esta entrada de unos sesenta metros cuadrados hay musgo, tierra, heno, un riachuelo y una cascada con agua y, en las paredes, se pintan casas que evocan al Medio Oriente y un cielo azul oscuro.

     Ayudado por un familiar arquitecto, cada año cambia la escenografía, aunque el más de millar de piezas que conforman el nacimiento se mantienen con pocos cambios.

     Pastores saliendo de sus casas o alimentando a su ganado -desde ocas a bueyes-, peregrinos camino a Belén en sus camellos, ancianos rezando e incluso angelitos y mujeres amamantando a sus retoños.

     Tampoco faltan los tres Reyes Magos y el pesebre con José, la Virgen María y el niño Jesús, una figura que sobresale y cuenta con una peculiar historia.

     “El niño Jesús lo compró mi mamá en 1976 en España, dicen que durante las fiestas de San Fermín”, apunta Miguel, que pese a no saber exactamente en qué ciudad se compró, guarda especial cariño a este figura porque es “morenita” y no como otros “niños Dios, que son bien güeros (rubios), con ojos azules y pelo rizado”.

     En la construcción de esta representación -que permanecerá abierta hasta el 7 de enero- participan hasta 70 familiares llegados de todas las latitudes, desde Houston (EE.UU.) hasta Países Bajos.

     Entre todos se reparten las tareas y el primer sábado de diciembre se aplican por grupos en el montaje del nacimiento, en el que incluso hay un huertito con hortalizas de todo tipo.

     Miguel, comerciante retirado, también se traslada dos meses desde la suroriental ciudad de Mérida a la capital para montar y mantener este nacimiento tan querido.

     En la tarde y en la noche es cuando tiene más visitantes, la mayoría capitalinos de todas las edades, pero también curiosos llegados de otros países como Francia. “Hay días que calculo llegan hasta mil personas. Se hacen colas en toda la calle”, relata Ontiveros.

     No se cobra nada y, de hecho, hay un cártel que lo explicita en la entrada para evitar que, con picaresca, alguien quiera hacerse de oro a raíz de esta tradición familiar.

      “La gente es muy honrada. Todas las figuras están a mano, pero nadie se lleva nada”, celebra Miguel al describir este barrio de clase trabajadora.

     Sergio Luis Moreno, oriundo de la colonia, es uno de los muchos vecinos agradecidos con el nacimiento de los Ontiveros.

     “Tiene muchos años esta tradición, y todos acudimos con gusto a visitarla. Es un esfuerzo muy importante porque decoran su casa y nos brindan esto”, relata a Efe.

     Moreno no se pierde nunca el nacimiento. Lo hace desde 1982 y ahora acude anualmente con su hijo, que ahora tiene siete años, y otros familiares.

     Hoy, por ejemplo, acude con su hermano, que vive en la norteña ciudad de Monterrey. “No hemos faltado ni una vez”, asegura.

     Para este padre de familia, el nacimiento es motivo de celebración y unión.

     “Nos hace recordar que en esta época debemos apoyarnos, porque hay gente que todavía tiene fe y se brinda, sin importar y sin recibir nada a cambio. Y en este nacimiento no cobran ni un peso, y venimos muy gustosos”, concluye el hombre, contador de profesión.

     Es mediodía y una humilde familia formada por una madre y tres hijos pasa frente a la casa y, curiosa, le dedica al pesebre unos minutos de su tiempo decembrino.

     El tumulto de gente llega una horas después, cuando empieza a caer la noche y fuera de la vivienda se colocan vendedores ambulantes e incluso un par de atracciones de feria para que los niños hagan tiempo mientras esperan el turno para visitar este icónico nacimiento.

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