Juan Hernández, de humilde churrero a campeón mundial de boxeo

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De niño, soñaba con triunfar en el cuadrilátero mientras vendía churros.

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De niño, soñaba con triunfar en el cuadrilátero mientras vendía churros.

De niño, soñaba con triunfar en el cuadrilátero mientras vendía churros.


México, (EFE).- “Si quieres algo en la vida, con trabajo vas a lograr lo que tú quieras” era la frase que Juan “Churritos” Hernández, reciente campeón mundial de peso mosca del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), escuchaba de su padre cuando, de niño, soñaba con triunfar en el cuadrilátero mientras vendía churros.
El padre de Juan, del mismo nombre, llegó de Veracruz a la periferia de la Ciudad de México y allí desarrolló su oficio de elaborador y vendedor de esos deliciosos y populares productos.
La empresa requería la energía de sus cuatro hijos, entre ellos Juan, quien desde los siete años vendió lo que preparaba su padre.
“Aprendimos el oficio y era con lo que se sostenía la familia”, contó Hernández en una entrevista con Efe tras uno de sus entrenamientos en el populoso municipio capitalino de Ecatepec, donde vive.
Las carencias de la economía familiar obligaron a Juan a abandonar su instrucción escolar en el tercer año de primaria.
“Me gustaba la escuela y era aplicado, pero la falta de recursos económicos obligó a mi padre a tomar una decisión: ‘Necesito que aprendas a leer y sumar y restar para manejar dinero’ y vámonos, a trabajar”, relató sobre lo que le dijo.
Si bien Juan y sus hermanos ayudaban a su padre, y poco a poco salían adelante, también era cierto que el progenitor se dio cuenta de que tenían demasiado tiempo libre y les exigió practicar un deporte para evitar las malas influencias.
“No quería que perdiéramos el tiempo con malas amistades”, relató Juan, al que su padre llevó al gimnasio Latinoamericano, que se ubica en el barrio de La Merced, en el Centro Histórico de la capital mexicana.
“Mi papá nos llevó a practicar lucha libre -era fanático de ese deporte-, pero la verdad no fue lo mío, estuve entrenando un mes, pero al lado practicaban boxeo y me gusto más”, cuenta.
Los inicios no fueron fáciles. “Empecé como amateur y en primera pelea me dieron una golpiza y no supe ni por qué regresé”, narra.
Hernández, de 30 años, comenzó a los 13 en el mundo del boxeo y cuatro más tarde debutó como profesional, el 25 de marzo de 2004.
En sus siete primeros combates salió con la mano en alto. “Ahí me di cuenta que el boxeo sí era lo mío”, confesó a Efe.
Aunque ya era profesional, el dinero que Hernández ganaba por sus combates todavía no era suficiente y combinaba su disciplina con el oficio que heredó de su padre y hasta llegaba con la canasta de churros al gimnasio.
Entrenaba desde la mañana hasta pasado el mediodía y vendía churros por la tarde-noche en el Zócalo de la Ciudad de México.
Al igual que el oficio de boxeador, el de churrero requiere también de paciencia porque no siempre la venta es buena.
Aunque, tras su inicio victorioso en el boxeo, llegó su primera derrota, recompuso el camino hasta sumar otros 11 triunfos que lo acercaron a su primera oportunidad de disputar el título mundial del peso mínimo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) ante el japonés Kazuto Ioka.
Fue el 10 de agosto de 2011 en Tokio y perdió por decisión unánime en 12 asaltos.
La derrota lo volvió un peleador indisciplinado con el peso, consumía refrescos y se excedía con los antojitos mexicanos, sus debilidades, pero reaccionó a tiempo.
Se sometió a una rigurosa dieta y marcó los 50,802 kilos (112 libras), el límite de la división.
“Perdí y pensé que jamás me llegaría una segunda oportunidad, pero picamos piedra -ligó 15 triunfos- hasta que nos ganamos otra vez la posibilidad”, explica.
Hernández sabía que, seis años después de su primer intento, esa segunda oportunidad no la podía dejar escapar, pese a que algunos lo calificaban de boxeador “acabado, viejo y en la últimas”.
“Maduré, me concentré y me mostré seguro de lo que quería y de lo que anhelaba desde los 13 años; dije ‘yo tengo un sueño y tengo que cumplirlo: ser campeón del mundo’, y lo cumplí”, revela.
A finales de 2016, Juan recibió el aviso de que podía disputar por segunda ocasión el título mundial, ahora de peso mosca, cuando estaba vendiendo churros.
Dejó de hacerlo para concentrase de lleno en el combate ante el tailandés Nawaphon Kaikanha, al que noqueó en tres asaltos en Bangkok, el 4 de marzo pasado.
De carácter sencillo el “Churritos” recorre las calles de Ecatepec como un auténtico desconocido.
Seguidor del filipino Manny Pacquiao, dice que sabe manejar la fama porque asume sus logros como “algo normal”, una simple consecuencia de sus sacrificios durante 17 años.
Con 34 triunfos, 25 antes del final, y dos derrotas, Juan quiere defender su título tantas veces como sea posible y en el futuro abrir un negocio de churros, un terreno donde se maneja tan bien como sobre el cuadrilátero, pues conoce a la perfección la manera de moverse entre la harina, el aceite, el azúcar y los cazos.

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