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Pensilvania muestra la brecha ideológica y demográfica de Estados Unidos

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Barack Obama

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Aston (PA), 14 sep (EFE).- Viajando desde Filadelfia a la Pensilvania rural se cruzan las líneas del frente de la batalla electoral en que se ha convertido Estados Unidos y que muestran una división ideológica que se puede trazar a lo largo de las brechas demográficas y económicas en todo el país.
Filadelfia, donde este martes el presidente, Barack Obama, hizo campaña por la demócrata Hillary Clinton, vota consistentemente demócrata, como lo hacen todas la grandes ciudades de Pensilvania, lo cual ha sido suficiente para que en las últimas seis elecciones generales se impusieran a los republicanos.
“No tengo duda de que Pensilvania volverá a ser demócrata y le dará sus votos a Clinton”, opinaba a Efe Mary Wade, que viste una camiseta tradicional africana con imágenes de Obama y que reconoce emocionada que “echará de menos” al mandatario.
Obama atrajo el martes a Wade y a varios centenares más a las escalinatas del Museo de Arte de la ciudad, una gran mayoría de ellos afroamericanos, que a cada oportunidad que se presenta siguen acudiendo a escuchar al primer presidente negro en sus últimos meses en el poder.
El mandatario, interrumpido por vítores constantes, recordó que se debe dar con Clinton continuidad a políticas que han permitido, según un informe publicado este martes por la Oficina del Censo, que 3,5 millones de estadounidense hayan salido de la pobreza y que los ingresos hayan subido a un ritmo récord.
Filadelfia, que suele apoyar a candidatos demócratas en las presidenciales, es una ciudad racialmente diversa, pero que investigadores de la Universidad de Princeton calificaron en un estudio como “hipersegregada”.
Más de una cuarta parte de la población vive por debajo del nivel de pobreza, uno de los índices más altos de una urbe estadounidense, pero son los vecinos de las zonas más prósperas, generalmente en el noroeste, los que tienen una mayor participación en el proceso electoral, normalmente por opciones moderadas como las de Clinton.
Para votar por Trump en Pensilvania, no solo hay que ser pobre o clase media mal acomodada, sino que a juzgar por sus mítines y el grueso de simpatizantes que le siguen, hay que ser de raza blanca.
Esas variables se juntan en Aston, una localidad de 16.000 habitantes (90 % blancos) a unos 40 minutos al oeste de Filadelfia, donde el lustre industrial de hace décadas ha dado paso al óxido y a los negocios sin alma de las cadenas estadounidenses de comida rápida y comercio minorista.
Trump organizó el mismo martes un evento reservado para unos 200 políticos de bajo perfil, pequeños empresarios y líderes locales en un gimnasio comunitario, pero varios centenares intentaron ver a su nuevo ídolo político y se congregaron fuera del recinto con grandes banderas estadounidenses al grito de “queremos a Trump”.
“Fuera de las ciudades es todo republicano, por aquí no verás señales de Clinton por ningún lado”, explica Alan Strickler, vecino de Aston, que fue uno de los afortunados que pudo ver a Trump de cerca.
“Filadelfia es un caso perdido. Los demócratas se han pasado las últimas décadas cortejando el voto de los pobres en las ciudades, pero no han hecho nada por nosotros aquí”, apunta su amigo Rod.
“Aquí lo que falta son trabajos”, tacha categórico Strickler, que pasea orgulloso su gorra y su camisa de Trump y asegura que los comentarios en los que Clinton califica a parte de los simpatizantes del magnate de “deplorables” muestran su desdén por los trabajadores del Estados Unidos suburbano y rural.
“Antes esto estaba lleno de fábricas a lo largo del río Delaware (…) La gente apoya a Trump porque quieren trabajos, quieren ver sus comunidades como eran en los 60 y 70”, asegura Louis Perti, que tiene un negocio de fontanería.
El condado de Delaware, donde se asienta Aston, fue uno de los dos únicos en todo el estado de Pensilvania en que el peso de los votos demócratas aumentó en 2012, cuando se enfrentaron el presidente Obama y el candidato republicano, Mitt Romney.
Para Trump, hacerse con este condado es parte de la estrategia para ganar en Pensilvania -que se inclina en las encuestas por Clinton- y por extensión en todo el cinturón industrial estadounidense deprimido por la reconversión tecnológica y la globalización.
Para los vecinos del olvidado Aston, algunos de los cuales llevan el letrero de “Deplorables por Trump”, el showman convertido en político es tan salvador y tan ídolo de masas como lo era Obama por la mañana en el centro de Filadelfia.

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